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 RELATO HISTÓRICO DE LA BATALLA DE PUEBLA, 5 DE MAYO DE 1862
By: Jesús Torres
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 Mayo 6 del 2009
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Una de las más grandes batallas que haya librado nuestro país, tuvo lugar en la tres veces Heroica Ciudad de Puebla de Zaragoza. De ella, como veremos posteriormente, destacaron grandiosas personas que se convirtieron en héroes nacionales. La Batalla del Cinco de Mayo nos recuerda que alguna vez, hace ya muchos años, fuimos capaces de, aunque sólo fuera por una ocasión, vencer al más fuerte del mundo. La que sigue es una historia digna de novela, la historia de unos indígenas que, con coraje y valor lucharon contra el entonces ejército más poderoso del mundo, y mejor aún, lo venció; la historia de un grupo de hombres de pueblo armados que no tuvo reparo en defender la milenaria tierra de Cuahutémoc, sus hogares y su libertad, tan necesitada de victorias militares sobre alguna potencia 
extranjera. Francia fue quien levantó la mano. De esta historia se desprenden nombres como los de Negrete, Díaz, Berriózabal y La Madrid, comandados por el inolvidable General Ignacio Zaragoza, a cuya memoria Puebla rinde homenaje incluyendo el histórico apellido en el nombre oficial de la ciudad.

Cuando Benito Juárez tomó el poder, los mexicanos habían sufrido más de medio siglo de conflictos políticos y guerras casi constantes. Casi todas las familias estaban de luto y disfrutar de un periodo de paz era el más caro de sus anhelos. Pero, por desgracia, aún les aguardaban varios años más de acontecimientos sangrientos. El país estaba en total bancarrota, y no podía hacer frente ni a las necesidades más urgentes, tras lo cual Juárez siguió con su política austera al rebajar más los sueldos de los funcionarios del Estado. Pero aún se necesitaba dinero. Por esa causa, el 17 de julio de 1861, el presidente Juárez expidió un decreto en el que se prorrogaba dos años el pago de la deuda externa. Gran Bretaña, Francia y España protestaron y representantes de los tres gobiernos celebraron la Convención de Londres, donde decidieron exigir el pago por la fuerza de las armas. Desde aquí comenzaron los problemas entre los tres países, ya que si bien se había acordado la llegada conjunta al litoral del Golfo de México, las fuerzas españolas desembarcaron en Veracruz el 17 de diciembre de 1861, sin esperar a sus aliados. Las tropas mexicanas que guardaban la ciudad al mando del Gobernador del Puerto, General La Llave, se replegaron hacia el interior de la República, desoyendo las súplicas de los tenaces veteranos de la Intervención Americana, quienes pedían defender el puerto de las flotas enemigas, desviviéndose y anhelando escuchar una vez más el rugir de los cañones de las Baterías Costeras y la Artillería de San Juan de Ulúa, mientras sus valerosos hijos cargaban, como antaño, a punta de lanza y filo de sable, contra los invasores, rechazando el desembarco.

Pero no eran más que sueños imposibles, al menos por el momento. El 9 de enero arribaron los franceses, al mando del Almirante Jurien de la Graviere, mientras que días después hizo su aparición la flota inglesa, dirigida por el Comodoro Dunlop. Como ya se mencionó, el país estaba agotado por la Guerra de Reforma y la Intervención Americana y no podía afrontar más conflictos internacionales. Pero en lugar de ceder, Benito Juárez se mantuvo firme en su resolución de mantener el decreto de suspensión de pagos. La real causa de la retirada de las flotas española e inglesa era que no se podían ver ni en pintura al lado de los franceses. El General Manuel Doblado firmó con Juan Prim, Conde de Reus, comandante en jefe de las fuerzas francesas, los Tratados Preeliminares de La Soledad, el 19 de febrero, aceptándose que las negociaciones comenzarían en Orizaba el 15 de abril. Esto hizo enojar de sobremanera a Dubois de Saligny.
Es bien sabido que Mr. Saligny, quien debía llevar las negociaciones por la parte francesa, tuvo serio altercado en Córdoba con Prim, el cual había firmado los Premilitares Tratados de La Soledad. Saligny tuvo el cinismo de desconocer su propia firma que había plasmado en el documento, diciendo textualmente "Lo desfirmo"; era de todos conocido que los franceses querían que hispanos y británicos apoyaran a sus fuerzas al marchar hacia Ciudad de México. Si bien Prim tenía orden de SM Isabel II de marchar a la Capital si fuera necesario, lo último que quería Wyke era un altercado aún mayor con las crecientes fuerzas mexicanas. El caso es que el 16 de abril de 1862, Prim escribía a Zaragoza que, no habiéndose puesto de acuerdo los representantes de los tres países, españoles e ingleses aceptarían los términos que Juárez decretara para con la deuda externa y se retirarían de Tehuacán y Córdoba, bases de las fuerzas aliadas, y se reembarcarían de regreso a casa. También puso en alerta a Zaragoza que los franceses comenzarían una invasión hacia la capital de la República.

PREELIMINARES DE LA BATALLA
Después del fracaso de los Tratados Preliminares de La Soledad y el retiro de las flotas española e inglesa tras la escaramuza entre galos e hispanos en Córdoba, el ejército francés, al mando del General Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez, sale de Orizaba hacia el oeste. Habían llegado envueltos en laureles de victoria, colgando de sus blasones los nombres de sus triunfos obtenidos en Jena, Marengo, Argelia y Sebastopol, con la insolencia de Lorencez de enviar al Mariscal de Francia Lannes, Anunciarle a su Majestad Imperial que a partir de este momento y al mando de sus ocho mil hombres, soy dueño de México. Era un sueño absurdo el de Lorencez querer conquistar un país cinco veces más poblado que Francia con una triste Brigada. 

A toda prisa, el Gobierno Federal de Benito Juárez García organiza el Ejército de Oriente, compuesto de cerca de 10 mil hombres, escaso número para el vasto territorio que deben cubrir. El General Ignacio Zaragoza, hasta entonces Secretario de Guerra y Marina y veterano Húsar durante la Guerra con los Estados Unidos, toma el mando del cuerpo, y se dirige hacia los límites entre Veracruz y Puebla, a fin de reconocer el avance del ejército francés, que ya traba disputa con las guerrillas charras veracruzanas, las que no dejan de acosarle.

El 22 de marzo ordena el fusilamiento de Manuel Robles Plezuela, detenido en Tuxtepec junto con algunos jefes conservadores, que logran escapar de las tropas del General Arteaga. Acusado de Alta Traición al buscar alianzas con los invasores, Plezuela se niega a creer que la sentencia será ejecutada, ya que piensa que a Arteaga no le convendría darle un mártir a los conservadores. Sin embargo, palidece y su esperanza desaparece cuando se entera que la orden no es de Arteaga, sino de Zaragoza. Fusilado el General Plezuela en un costado de la Iglesia de San Andrés Chalchicomula, los conservadores reúnen tropas en orden de 1,200 hombres cerca de Atlixco.

Por otro lado, un cuerpo del Ejército de Oriente de 4,000 efectivos, con Zaragoza a la cabeza, sale de la Cañada de Ixtapa para cortarle el paso a los franceses. El 28 de abril, en las Cumbres de Acultzingo tiene su primer encuentro con las fuerzas europeas. Zaragoza no pretende disputarle el paso al contrario, sino más bien foguear a sus soldados, faltos de experiencia, y al mismo tiempo causarle algunas pérdidas al enemigo. Las águilas napoleónicas pierden quinientos hombres, mientras las bajas mexicanas ascienden a medio centenar, entre ellos el bravo General Arteaga quien, tras haber barrido una columna francesa y llegado a solo cincuenta pasos de la reserva de Lorencez, ésta hizo fuego sobre la tropa mexicana y Arteaga cae del caballo, herido en la pierna derecha, que más tarde le sería amputada. Cumplida la misión. Zaragoza retorna con sus hombres a Ixtapa. Pelean bien los franceses afirma Zaragoza, pero los nuestros matan bien. Sin embargo, aún tiene recelo sobre la real valía de sus tropas en un combate en campo abierto. El día 2 de mayo, los galos salen de San Agustín del Palmar y llegan a Amozoc. Entre ellos y la capital sólo se encuentra la Ciudad de Puebla de los Ángeles, por donde los franceses esperan pasar entre aplausos y exclamaciones de los opositores de Juárez. Este, sin embargo, ordena que ahí se les presente batalla.
 

El 3 de mayo Zaragoza arriba a Puebla, dejando a retaguardia de los franceses una Brigada de Caballería, a fin de hostigar al invasor. La mayoría de la población de la clerical Puebla es partidaria a la intervención, y los civiles se encierran en sus casas, mientras los batallones mexicanos desfilan marcialmente entre las desiertas calles de la Angelópolis e ingresan en sus cuarteles. Zaragoza sube a lo alto del cerro de Guadalupe y en un instante tiene ya el plan de batalla que va a seguir para la defensa de la plaza. De inmediato fortifica los reductos que se encuentran en los cerros de Loreto y Guadalupe. La guarnición cuenta tan solo con 6,700 hombres, escasamente armados, y para empeorar las cosas, la mayoría de la población, partidaria a la intervención, se niega a apoyar al ejército mexicano, peligrosamente falto de recursos. Tal es la insolencia de los poblanos que Zaragoza, hombre prudente, exclama desesperado Que bueno seria quemar Puebla. Solo lo detiene el hecho que en la ciudad también hay criaturas inocentes. El 4 de mayo, los exploradores mexicanos vuelven con noticias de que los conservadores, al mando del General Márquez se disponen a socorrer a los franceses. Zaragoza envía una brigada de dos mil hombres al mando del General Tomas O´Horan a Atlixco, con el fin de detener a Márquez, y se dispone a preparar la pelea. Organiza sus fuerzas para la defensa de la plaza con una Batería de Batalla y dos de Montaña, cubriendo Loreto y Guadalupe con 1,200 hombres, formando a los otros 3,500 en cuatro columnas, con una Batería de Campaña, tres Brigadas de Infantería y una de Caballería.
 
 

ORDEN DE BATALLA. FUERZAS ARMADAS DE LA REPÚBLICA MEXICANA. EJÉRCITO DE ORIENTE
Segunda División de Infantería. General Negrete 1,200 soldados.
Primera Brigada. (Loreto)
Cuerpos
-Batallones Fijo, de Cazadores y de Tiradores de Morelia
+1 Batería de Artillería.
Segunda Brigada. (Guadalupe)
Cuerpos
-Sexto Batallón de la Guardia Nacional de Puebla (Zacapoaxtlas)
-Mixto de Querétaro
-Segundo y Sexto Batallones de Línea de Puebla
+1 Batería de Artillería.
3 Brigadas Independientes de Infantería.
Primera Brigada Independiente de Infantería. General Berriózabal: 1 082 soldados.
Cuerpos
-Batallón Fijo de Veracruz
-Primero y Tercer Batallones Ligeros de Toluca
Segunda Brigada Independiente de Infantería. General La Madrid: 1 000 soldados.
Cuerpos
-Batallón de la Reforma
-Heróico Batallón de los Rifleros de San Luis
-Batallón de los Ingenieros
Tercera Brigada Independiente de Infantería. General Porfirio Díaz: 1 020 soldados.
Cuerpos
-Batallón Defensor de la Patria
-Batallón General Morelos
-Batallón General Guerrero
-Primero y Segundo Batallones de Línea de Oaxaca
1 Brigada de Caballería
Brigada de Caballería. General Antonio Álvarez: 550 Jinetes.
-Tercer Regimiento de Carabineros de Pachuca.
-Escuadrones de Lanceros de Toluca y de Oaxaca. 
 

ORDEN DE BATALLA. SEGUNDO IMPERIO FRANCÉS. FUERZA EXPEDICIONARIA DE LA FRANCIA
Infantería
-99° Batallón de Línea: 1544 Hombres
-2° Regimiento de Zuavos: 1143 soldados
-1º Batallón de Cazadores de Vincennes: 720 soldados
-1º Regimiento de Infantería de Marina: 1280 hombres
-2º Batallón de Fusileros de Infantería de Marina: 480 hombres
Caballería
-3º Escuadrón del 2° Regimiento de Cazadores de África: 173 Jinetes
Artillería
-1º Batería del 9° Regimiento de Artillería
-1º Batería del Regimiento de Artillería de Marina

LA BATALLA
El ala derecha mexicana la cubren las tropas de Oaxaca, junto a los Batallones Patria, Morelos y Guerrero, al mando de Porfirio Díaz. El sitio de honor, el centro de la línea, lo ocupan Berriózabal y La Madrid, con las tropas del Estado de México y San Luis. La izquierda se apoya en los cerros de Loreto y Guadalupe, con Negrete a la cabeza de la Segunda División de Infantería. La artillería sobrante es colocada en los fortines y reductos dentro de Puebla.

A las diez menos tres cuartos de la mañana del 5 de mayo de aquel lejano 1862, los franceses aparecen en el horizonte, cruzando fuego con las tenaces Guerrillas de Caballería que se batían en retirada, cuyos bravos jinetes no se repliegan hasta que la batalla europea está formada y lista para avanzar. El combate se inicia cuarto a las doce del medio día. Se rompe el fuego de cañón y la infantería francesa avanza. Dejando en su campamento una fuerza respetable, en el cuerpo del 99º de Línea, los franceses esquivan el combate a campo raso y desprenden una pequeña guerrilla por su izquierda, al tiempo que mueven por su derecha una gruesa columna de cuatro o cinco mil hombres entre las Haciendas de Amalucan y Los Álamos, avanzando a lo largo del camino e iniciándose la pelea frente a la Garita de Amozoc.

Zaragoza comprendió de inmediato el plan del Conde de Lorencez y dio la contraorden conveniente. Berriózabal, con los hijos de Toluca y el Fijo de Veracruz, avanza a paso veloz entre las rocas y se sitúa entre la hondonada que divide Loreto y Guadalupe; el Geneal Antonio Álvarez, con los Carabineros de Pachuca, protege la izquierda de los reductos. La línea de batalla mexicana forma un ángulo que se extiende desde el Fortín de Guadalupe hasta la Plaza de Román, frente a las posiciones enemigas. Sobre el camino que conecta a la ciudad con la Garita de Amozoc se dispone el General La Madrid, protegiendo con las tropas potosinas dos piezas de artillería. La derecha la cierra Díaz con la División de Oaxaca y los Lanceros de Toluca y Oaxaca. Los franceses continúan su avance, colocando sus baterías frente a Guadalupe y devuelven el fuego mexicano que nace de aquella posición.

Los zuavos ascienden entre Guadalupe y Los Álamos, perdiéndose de la vista de los fusileros mexicanos. De repente, aparecen frente al Fuerte de Guadalupe, el cual rompe fuego de fusil sobre la columna, que para en seco ante las balas mexicanas. En ese instante, Berriózabal da la bienvenida con bayoneta calada a los zuavos, quienes se retiran en buen orden hasta ponerse fuera de tiro. Un momento fue suficiente para que repusieran su moral y se lanzaran de nueva cuenta en pos de Guadalupe. Los zuavos, apoyados por el Primero y Segundo Regimiento de Infantería de Marina, se abalanzan sobre la línea mexicana, que los recibe a la bayoneta.

Negrete, aquel bravo hijo de tierra azteca, recordando el Yo tengo patria antes que partido que ha pronunciado el día anterior, al presentarse frente a Zaragoza y rogándole le dé un mando, al ver a los franceses vacilar frente al fuego de los fortines, grita a todo pulmón a los centenares de indígenas Zacapoaxtlas, del 6º de la Guardia Nacional de Puebla: En el nombre de Dios, ahora nosotros... Salta del parapeto, carga el valiente cuerpo a paso veloz sobre los galos, volviendo caras los soldados franceses ante nuestros humildes indios poblanos armados de machetes, lanzas, hoces y demás instrumentos de labranza, y trabándose fiero combate a fuego y arma blanca, logran nuestras banderas bellos triunfos... La columna francesa es rechazada de Guadalupe y allá en Loreto son contenidas otras columnas asaltantes, mientras las baterías francesas prosiguen su fuego sobre los cerros, muy bien contestado por la artillería mexicana en lo alto de Guadalupe. ¡Los franceses retrocedían otra vez!

En aquel momento, el bravo Coronel Rojo avisa a Álvarez que era tiempo de que los charros de la caballería mexicana entraran en acción para alcanzar una victoria completa. Cargan sin piedad los Carabineros de Pachuca sobre los restos de la columna, disparando sus carabinas allí donde encuentren enemigos y lanzando terribles mandobles de sable sobre los franceses, quienes se retiran en buen orden a su campo. Pero la fiesta no ha acabado.

A las dos y media de la tarde llega el primer parte de guerra a la capital: Se ha roto el fuego de los dos lados y cae un fuerte aguacero. Zaragoza. ¡¡Se combatía!! Los capitalinos respiran aliviados. ¡¡Puebla no les había abierto sus puertas!! Sin embargo, Zaragoza ya no podría contar con los dos mil hombres que había enviado a Atlixco dos días antes, con los cuales O´Horan batió a los reaccionarios de Márquez, impidiéndoles el pronto auxilio a los franceses; y cómo lamenta el pueblo la explosión ocurrida en la Colecturía de San Andrés Chalchicomula, que privó a Zaragoza de mil trescientos de sus hombres más experimentados.

Lorencez está al borde del infarto al ver rechazada por dos veces a su Infantería de los reductos mexicanos. Se dispone a dar el último asalto, organizando una columna con los Cazadores de Vincennes y el Regimiento de Zuavos y dirigiéndola a Guadalupe, mientras pone en marcha una segunda compuesta con los demás cuerpos, excepto el 99º de Línea, reserva; la segunda columna ataca la derecha de la línea de Zaragoza. A esta le salen los Zapadores al mando de La Madrid y se traba un terrible combate a la bayoneta. Una casa situada en la falda del cerro es el objetivo. Los franceses la toman y son desalojados por los Zapadores; la tornan a recobrar y de nuevo son expulsados de ella por las valientes tropas de La Madrid. El Cabo Palomino se mezcla entre los zuavos, se bate cuerpo a cuerpo con el arrogante soldado francés, y se posesiona de su guión como botín de guerra al caer muerto el portaestandarte.

Las nubes se juntaron y Tláloc tomó partido por la causa de sus hijos mortales, soltando un fuerte aguacero sobre el campo lleno de cadáveres, al tiempo que Zaragoza mandaba el parte telegráfico a Presidencia en Ciudad de México. Zaragoza estaba ansioso. Manda a paso veloz al Batallón de la Reforma en auxilio de los cerros donde Zuavos y Cazadores disputaban la victoria. En Loreto había un cañón de 68 libras que causa enormes estragos en la filas francesas. Los zuavos hacen un empuje desesperado y se abalanzan sobre la pieza. El artillero, sorprendido por la rapidez de la columna enemiga, tiene en sus manos la bala de cañón que no alcanzó a colocar en la boca de fuego. Aparece frente a él un zuavo, y tras éste, el resto del cuerpo que, una vez apoderados de ese fortín, levantarían la moral francesa y se perdería en un instante la victoria conseguida con tanta sangre mexicana. El artillero, sin decir Agua va, arrojó la pesada bala al soldado francés, que herido mortalmente por tamaño golpe en la cabeza, rodó al foso del parapeto. La vista de su compañero cayendo sin vida desmoralizó al resto de los zuavos, que retrocedieron, perseguidos sin cuartel por el Reforma. Lorencez creyó que era todo, pero aún hay más.

Cuando la segunda columna llega a Guadalupe, protegidas por una formidable línea de tiradores, Díaz acude en auxilio de los Rifleros de San Luis, que estaban a punto de ser rodeadas por el enemigo. Movió en diagonal al Batallón Guerrero, a las órdenes de Jiménez, ganándole el terreno a los franceses, trabándose un glorioso combate cuerpo a cuerpo y retrocediendo los asaltantes. En apoyo del Guerrero, que se dejó ir demasiado lejos en persecución, Díaz envió a las tropas de Oaxaca al mando de Espinoza y Loaeza, dando así un impulso formidable a los mexicanos, que expulsaron al enemigo de las cercanías. El éxito alentó a Don Porfirio, destacó al Morelos con dos piezas de artillería a la izquierda, mientras por la derecha los Rifleros de San Luis se reponían de la escaramuza, antecedidos por una formidable carga de lanceros, dirigida por el mismísimo Díaz, que desbarata las filas del enemigo; Díaz quedó dueño del campo y necesitó repetidas órdenes de Zaragoza para regresar a sus posiciones.

En aquéllos momentos las columnas de Lorencez bajan de Guadalupe en completa dispersión, rechazadas en su última intentona y se repliegan a la Hacienda de San José. Lorencez no puede contener el llanto de la derrota, y decide retirarse hacia Amozoc. El cielo, ya bañado por el Sol Tonatiuh, tras la invaluable ayuda de su hermano Tláloc para con el ejército nacional, inundaba los reductos que no cabían de alegría al ver replegarse a los franceses. ¡Era la locura! Las campanas de la ciudad replicaba al vuelo, el pueblo republicano y las milicias acudían a festejar al teatro del combate, mientras los músicos militares y las bandas de guerra saludaban al ángel de la victoria con sus Dianas. Zaragoza, que había permanecido en la Iglesia de Los Remedios, desde donde ha dirigido sabiamente a sus tropas a la victoria, desfiló delante de sus heroicos soldados, causando con su presencia tremenda sensación entre los defensores, bañados en lágrimas al festejar la histórica victoria.

¡¡El pabellón francés, acribillado por Wellington en Waterloo, se había levantado sobre aquella arena ensangrentada y recorrido victoriosamente los campos de Europa. Atravesó los mares del Septentrión para dejar en los altares del Águila Azteca las hojas arrancadas a sus laureles en la más negra de sus derrotas. Al enlutar las Águilas Imperiales el 5 de mayo, aniversario de la muerte de Bonaparte, la ráfaga de la Historia les enviará otro nombre sobre ese monumento que se alza sombrío en el Cuartel de Los Inválidos a orillas del Sena: ¡Zaragoza!... La Bandera Francesa solo se ha retirado en dos ocasiones de un campo de batalla: al retraerse las columnas de Napoleón Bonaparte en el crudo invierno ruso, y en México, tras la gloriosa jornada del 5 de Mayo!!

POSTERIORMENTE A LA BATALLA
En Palacio Nacional de Ciudad de México, Juárez y el resto del pueblo pasaban por un trance terrible. No tenían noticias de Puebla y el Gobierno había hecho salir precipitadamente al General Antillón al mando de los cuerpos de Guanajuato, quedando como guardianes de la Capital sólo dos mil hombres del Regimiento de Coraceros Capitalinos y algunos centenares de milicianos pobremente armados. Si las tropas guanajuatenses se perdían, la capital caería sin remedio; en aquel acto solemne se jugaba el porvenir de la Patria mexicana. A las 5 y 49 minutos de la tarde volvió a escucharse el sonido del telégrafo de Palacio, atiborrado de gente de todas las clases sociales, y como el empleado que ha transcrito el parte sale corriendo hacia el Ministerio de la Guerra, el pueblo lo sigue a toda prisa. Guardias Presidenciales evitan que la muchedumbre entre al Ministerio, donde Juárez se encuentra en reunión con el gabinete, y la gente ingresa a la Alta Cámara, observando que hasta los diputados federales se muerden las uñas de desesperación. Ya se comienza a albergar la terrible sospecha que las tropas mexicanas hubieran sido vencidas por los gachupines franceses y éstos marchen ya hacia la Capital.

Repentinamente, el General Santiago Blanco, Ministro de la Guerra, aparece en la tribuna para dar parte de lo acontecido. Toda la gente parecía tener un mismo pulmón, desde el diputado hasta el joven arriero, de pie al fondo de la Cámara.
Señores, dice el General Blanco, voy a dar lectura a los dos partes que ha recibido el Supremo Gobierno y que el Ciudadano Presidente juzgó oportuno dar a conocer al Pueblo y a la Cámara en una sola sesión
La ansiedad llegaba a la agonía. Los ojos de aquella muchedumbre parecían salir de sus órbitas. Blanco dio principio al primer mensaje.

Puebla, Mayo 5 de 1862. -Recibido en Ciudad de México a las cuatro y quince minutos de la tarde- General Ministro de la Guerra - Sobre el Campo a las dos y media - Dos horas y media nos hemos batido - El enemigo ha arrojado multitud de granadas - Las columnas sobre el cerro de Loreto y Guadalupe han sido rechazadas, seguramente atacó con cuatro mil hombres - Todo su impulso fue sobre el cerro - En este momento se retiran las columnas y nuestras fuerzas avanzan sobre ellas. - I. Zaragoza

Un rumor de duda y sobresalto vagó algunos instantes sobre la Cámara. Blanco continuó.

Puebla, Mayo 5 de 1862. - Puebla a las cinco y cuarenta y nueve minutos de la tarde - General Ministro de la Guerra - Las Armmas del Supremo Gobierno se han cubierto de gloria; el enemigo ha hecho esfuerzos supremos por apoderarse del la plaza, que atacó por el oriente de izquierda y derecha durante tres horas; fue rechazado tres veces en completa dispersión y en estos momentos está formando su batalla fuerte de cuatro mil y pico de hombres, frente al cerro de Guadalupe, fuera de tiro. No lo bato como desearía, porque el Gobierno sabe que para ello no tengo fuerza bastante. Calculo la pérdida del enemigo, que llegó hasta los fosos de Guadalupe en su ataque, en 600 y 700 entre muertos y heridos; 400 habremos tenido nosotros.

Sírvase dar cuenta de este parte al Ciudadano Presidente de la República.
Libertad y Reforma. Cuartel General en el Campo de Batalla
General Ignacio Zaragoza. 

Si el anterior mensaje dejó la duda flotando en el aire, éste hizo explotar a la nación de alegría. A excepción de algunos conservadores que lloraron como nunca la derrota en los campos poblanos, la Cámara de Diputados se convirtió en una sucursal del manicomio. Juárez, sus ministros, los diputados y el pueblo común festejaron juntos aquella victoria sobre el invasor. Los vencedores fueron saludados por salvas y Dianas en toda Ciudad de México. La noticia se generalizó como reguero de pólvora. En todos lados se festejaba la hombrada hecha por el Ejército de Oriente. En todos lados, menos en Puebla, que fue recibida como un hecho luctuoso.

Al finalizar la batalla, los franceses contabilizaban 476 muertos y 512 heridos. El Ejército de Oriente perdió 83 hombres, cerca de 250 heridos y 12 desaparecidos. La victoria desmoralizó a los franceses, pero Napoleón III envió numerosos refuerzos a México, a pesar de necesitarlos en la inminente guerra que lidiaría con Prusia. Un año después, 30 mil hombres al mando del Mariscal Aquiles Bazaine sitió Puebla de Los Ángeles por segunda ocasión. A pesar de la férrea defensa hecha por el Ejército de Oriente al mando del General Jesús González Ortega, pues Zaragoza falleció en septiembre de 1862, Puebla terminó por rendirse. Así, los franceses tuvieron paso libre a Ciudad de México e instauraron el Segundo Imperio Mexicano hasta 1867 cuando la República triunfó de manera definitiva.
 
 

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